martes, 20 de noviembre de 2012

Mexicano del PAN le reclama a Estados Unidos lo de la Cannabis

Oxipano es un mexicano formado en las filas del PAN casi desde su nacimiento. Aprendió que el ciudadano debe cumplir con la ley, no simular que la cumple. Capuso es un norteamericano republicano regular. Nació en los Estados Unidos y aprendió que el libre comercio es la base para que todos los pueblos crezcan. También aprendió que es muy válido hacer todo lo posible para que sea su país el que tenga siempre las de ganar, aunque para ello sea necesario introducir todo género de subterfugios y simulaciones.

—Oye, cabrón —le dice molesto Oxipano a Capuso— esta vez sí que me chingaste. Ahora tú vas a producir tu marihuana. Entonces, ¡la legalizas, weputa! ¿Te das cuenta?

—Pos ni modo, Oxipano —dice con cara de cínico Capuso—. Así es la vida. Ganamos los más listos siempre, ¿no crees? Es hora de que lo vayas aprendiendo.

—No, cabrón, ahora quiero que me digas por qué durante tantos años nos hiciste creer en la importancia de tu dichosa certificación. ¿Ya se te olvidó, cabrón?

—No, ¡qué va! No se me olvidaría jamás. Era la forma más perspicaz de provocar que todos ustedes le pararan a la producción de la mota que tanto nos gusta en nuestro país. A cambio de ello, nosotros les daríamos préstamos.

—Sí, cabrón Capuso. Eres un gran weputa, ¿sabes?

—¿Y por qué, Oxipanito? ¿Acaso no es justo hacer su lucha?

—Sí, hacer la lucha, sí, pero no a base de mentiras. Me mentiste, Capuso, cuando dijiste que la certificación de país era para que nosotros combatiéramos la producción de las drogas. Tú sabes que la mayoría de las acciones violentas, en las que resulta gente muerta, son por la marihuana, cabrón Capuso. Tú lo has sabido siempre: 85%, por marihuana.

—Bueno, pues, ni modo mi Oxipanito, ¡cuánto lo siento! ¡Así es la vida! Ya, supéralo y sigue tu camino.

—En el caso de México, Capuso, nos chingaste la historia, cabrón weputa. El sexenio durante el cual se combatió al crimen que tú decías que deberíamos combatir para que nos certifiques, cuando de verdad lo hicimos como se debe y no solo simulando para aparentar que estábamos haciendo las cosas para darte gusto con tu dichosa certificación de mierda, es ¡cuando perdió el partido de la gente que cree que las cosas deben hacerse y no solo simular que se hacen! ¿Te das cuenta, pendejo anti mexicano? ¿Te das cuenta, Capuso de mierda, lo que nos has hecho?

—No te molestes, mi querido Oxipanito, no te me molestes. Mira qué bien te fue, en cambio. Tienes la economía más sólida del mundo…

—Sí, cabrón, pero no pude crecer porque me pasé los últimos 6 años tratando de que la ley se cumpla; los enemigos políticos de este país, los que simulan igual que tu, cabrón Capuso, no me aprobaron las reformas necesarias. Se pasaron los 6 años despotricando en contra de nuestra lucha; se pasaron el tiempo achacándole las grandes cantidades de muertos al gobierno y luego mencionando los 40 o 50 que realmente fueron por errores de nuestras fuerzas armadas. ¿Te das cuenta, Capuso, de cómo nos has chingado? ¡Y ahora comienzas el proceso de legalización de la marihuana!

—Capuso —continúa Oxipano, sin parar— eres un vil cabrón y nos has dado en la madre. Nosotros tenemos buenos productores de la mota esa que tu gente quiere y que ahora se la vas a permitir usar para divertirse. Pero todo lo que tú buscabas, cabrón, era provocar que el tiempo pasara para que tu gente aprendiera a producirla. Aún así, Capuso, la nuestra es mejor y te vas a burlar en nuestro NAFTA como siempre te has burlado de todo. Sabes bien que NAFTA, en sus principios, hubiera permitido que la mota pase las fronteras sin violencia y bajo tu control cabrón. Pero no, lo que tú buscabas era que destruyéramos nuestra planta productiva para que tú crearas la tuya propia.

—Ah, cabrón, ¡me descubriste! Después de todo, Oxipanito, no eres tan pendejo. Pero no importa, ya buscaremos la manera de compensarte.

—¡Ni madre, cabrón! Ya nos chingaste. Los que creemos en que la ley no debe simularse, ya nos vamos. El elector mexicano nos sacó creyendo que todo lo habíamos hecho mal, cuando la realidad es otra. Pero fueron los simuladores profesionales de este país los que, junto con los tontos útiles a cargo de los medios masivos, les vendieron a todos los electores que cumplir con la ley era “malo”. ¿Te das cuenta, Capuso cabrón? Y para acabar de joderla, ahora, cuando los que no simulamos hemos perdido, ¡tus estados comienzan a aprobar la producción legal de la marihuana!

Capuso echa una carcajada fuerte y sonora. Oxipano tiene una cara triste; aprieta los labios y mueve la cabeza sin dejar de tener la mirada fija en Capuso.

—De veras, mi ingenuo Oxipano —le dice Capuso, tocándole el hombro con varias palmaditas— ¡cuánto lo siento! Pero, pues, ¡así es la vida!

—Uy, Capuso weputa, ¡te pareces tanto a los que me ganaron esta elección! Tú y ellos saben que “así es la vida”. Saben simular tan bien los dos. ¡Son expertos! Tú sabías muy bien que cuando los certificabas, ellos estaban simulando que combatían al narco, ¿verdad que lo sabías, Capuso cabrón?

—Pues claro, Oxipanito, claro que sí. Lo sabía; sabía que estaban simulando, igual que yo estaba simulando que tenía algún interés en que la mota no proliferara. Sabía que tarde o temprano, la mota proliferaría y que habría tontos útiles, como tú, Oxipano, en hacer imposible la producción en tu país para que así mi país se llevara el mercado, solito. Digo, Oxipano, tú sabes, ¿verdad…? Tú sabes que pronto la mota llegará a tu país bien empaquetadita, con cajetillas bien diseñadas, que son las que envenenarán a tus jóvenes pendejos. A poco no lo sabes…

—Tu cinismo, Capuso, es mayúsculo. Creo que por eso insistes tanto en promover las creencias religiosas. Así les haces creer a algunos que no importa qué tan injusta sea la vida acá, allá, en la otra, todo se compensará. Y sabes que no hay tal infierno; porque de haberlo, a ese lugar te irías al instante mismo de morir, ¿verdad cabrón?

Las carcajadas de Capuso son aún más sonoras. Incluso lagrima cuando se ríe; los ojos le quedan rojos, como si estuviese bajo los efectos de alguna hierba de las que se fuman.

—¿Fumaste mota, cabrón? —le pregunta Oxipano, ahora con cara un tanto de persona molesta.

—Siempre lo he hecho… Tú deberías probarla. ¡Te relaja!

Se prohíbe el dinero

Detrás de toda polémica con tintes políticos o de descontento, hay siempre un sentimiento de que “alguien” tiene más y no lo merece. O bien, “nosotros” tenemos menos, y merecemos más. También puede ser una mezcla de las dos.

Los productos, bienes y servicios que existen, no están libremente disponibles para los humanos solo por el hecho de ser humanos. En nuestro sistema socio-económico, cada quien tiene que justificar su derecho a aquellos productos y servicios que desee.

¿Cuánto tiempo hace que los humanos vivimos en esta forma de vida? Es decir, algunos estamos seguros de que no siempre hemos vivido en esta forma, en la que los bienes existentes no están a disposición de todos, sino solo pueden ser entregados a quienes los paguen. Cuando pagas algo, estás justificando tu derecho a eso que te llevas (o contratas).

Pero no siempre hemos vivido así. Nuestra especie tiene 220,000 años de estar sobre la faz de la Tierra siendo homo sapiens sapiens. Antes hubo otras especies. También “vimos” —nuestros ancestros, pues— extinguirse algunas parecidas a nosotros, como la especie homo neanderthalis, que se extinguió por no poder adaptarse a algunos cambios que se dieron.

¿Cuánto tiempo hemos vivido como vivimos ahora? Es decir, ¿cuánto tiempo, desde que aparecimos como especie, hemos vivido de tal forma que las personas tengan que justificar su derecho a cualquier cosa que deseen consumir? Si respondes que siempre, estás muy ofuscado por las condiciones de existencia en que te encuentras hoy.

Pero si respondes que no siempre, ¡estás casi con toda seguridad, en lo correcto!

En realidad la forma de vivir que tenemos hoy —por mi parte, me he permitido llamarla Cultura Cruel— es algo que comenzó hace unos diez mil años, exactamente cuando tuvimos que inventar la agricultura para sobrevivir en territorios en los que las plantas que nos servían de alimento no abundaban.

Nuestro invento fue tan eficiente, que provocó un aumento tremendo en la cantidad de gente podría vivir al mismo tiempo. A partir del invento de la agricultura, todo cambió, empezando por el hecho, muy importante —y básico para entender todo— de que los bienes para comer ya no se daban silvestres en el territorio, sino que se comenzaron a producir con el trabajo, labor o actividad de unos cuantos, pero generando cantidades de productos buenas para muchos.

Durante los primeros 210 mil años —antes del invento de la agricultura— todo lo que existía en nuestro entorno era de quien lo necesitara. Era solo cuestión de tomar exactamente lo que necesitabas y problema resuelto. Todo era de todos. Obvio, me refiero a ese tiempo —esos primero 150 mil años a partir de nuestra aparición— durante el cual nuestro territorio proveyó fácilmente todo lo que necesitaron nuestro ancestros.

Hubo un tiempo intermedio —unos 60 mil años— durante el cual nuestros ancestros tuvieron que aprender a vivir en territorios en los que escasearía el alimento “natural” —las plantas: raíces, nueces, frutos, legumbres, hojas— y recurrimos a la cacería. Así introdujimos carne de animales que habría que matar para cocinar y comer. Fueron 60 mil años durante los cuales lograron sobrevivir muy pocos grupos aislados dedicados a la recolección de partes de plantas y cacería de animales.

Aun durante este tiempo y en esta forma de conseguir lo necesario para sobrevivir, no existió el concepto de “esto es mío y eso es tuyo” o bien, de que, “tú no cazaste, tú no puedes comer”. Esto lo podemos ver en todos los pueblos o grupos humanos que viven en territorios que les exigen cazar y recolectar para alimentarse: nadie “mide” cuánto aportó quién.

La “medición” y el asunto de “justificar el derecho a comer” es algo que surge en forma paralela al surgimiento de la agricultura. Se sobreentendía que un humano, por el solo hecho de existir, de ser parte de un grupo, ya tendría, en forma automática, derecho a recibir y obligación a aportar. Nada más que no se llamaba “derecho” ni “obligación”, sino se llamaba “la vida”. O sea, nadie tenía que hacer referencia a derechos y deberes.

En 2012 y desde hace 10 mil años, andamos, como especie, tratando de “resolver” en una forma “justa”, el que todas las personas, por el solo hecho de estar vivas, puedan disfrutar de los beneficios de lo que se logra colectivamente. Esto surge desde el momento en que se inventa el dinero, y este se inventa cuando comenzamos a hacer agricultura para producir alimentos —y artesanía e industria, para producir lo demás.

El dinero es el instrumento que inventamos para establecer la “cantidad” de derechos de cada persona. Se supone que si tienes 1 millón de unidades de dinero, es porque le has aportado a la sociedad beneficios que valen 1 millón de unidades. Por desgracia, sabemos que esto ya no es en lo absoluto lo que realmente sucede. Hay, por desgracia, una gran cantidad de personas cuya aportación a la sociedad ha sido mucho menor, en valor real, que el dinero de que disponen. Y, por el otro lado, existe, también por desgracia, una inmensa cantidad de personas que merecen mucho más —en beneficios y bienes— que lo que han logrado convertir en dinero.

Esta situación se da en todo el mundo, en todo el planeta. Es una situación que genera en forma constante un grado muy agudo de malestar. Las grandes mayorías van a responder en forma casi automática cuando se les plantea el hecho de que están siendo objeto de una injusta distribución de derechos.

Las sociedades requieren un muy alto grado de ética entre sus individuos. Si la ética escasea, proliferan los sentimientos de injusticia. La ética fue mucho tiempo el punto central de esa materia que se llamaba Civismo en las escuelas.

La gran mayoría de la población humana vive con muy poco en bienes y servicios. Viven como vivieron los ancestros humanos durante esos 150 mil años iniciales o durante los 60 mil años que siguieron. El problema es que son tantos, que no hay territorio que provea en forma automática, natural, todo lo que necesitarían para continuar sobreviviendo. Para que puedan continuar sobreviviendo, tienen que aceptar las condiciones de quienes están produciendo la comida, ya sea para vender o para repartir.

Es cierto que son miles de millones los que hoy pueden vivir con un nivel más o menos estable de “bienestar”, pero con muy bajo nivel de “felicidad” —por el sentimiento constante de incertidumbre. Nada es seguro; todo depende de que encuentres un “trabajo”. ¿Y de qué depende encontrar un trabajo? El más grave problema es que no depende de uno mismo, sino de condiciones socio-político-económicas muy lejos del control del que lo necesita.

La realidad es que estamos enredados en un asunto muy grave, delicado y sin visos de solución. De inmediato, en forma espontánea, ¿qué pasaría si los humanos prohibiéramos el dinero? No, tampoco el trueque sería aceptable. Entonces, ¿cómo se resolverían los problemas?

A veces la solución está a la mano: dejemos que todos hagan lo que quieran, pero con ética simple y sencilla. La solución es tan sencilla como dejar que las personas, por sí mismas, con esa ética, hagan lo que saben hacer, tomen lo que necesiten —nuevamente, con ética— y dejen lo demás para quien lo necesite.

Con ética solo se necesita lo que jamás es problema para el grupo.

¿Te estás imaginando motines y amontonamientos? Claro, así sería con frecuencia al principio; pero pronto las aguas tomarían su nivel y la suciedad se iría quedando en el fondo para que se la coman los organismos que disfrutan la carroña.

La cuestión es que hay que hacer algo diferente, porque haciendo lo mismo que hemos intentado durante estos 10 mil años de Cultura Cruel, ya vimos que las cosas no están funcionando.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Hay que leer «Diez mil años de crueldad»

«Diez mil años de crueldad» es el título de un libro que escribí. Lo llamo «novela» porque todas las ideas que expresa el libro están en boca de sus personajes. Los capítulos están divididos en las experiencias de los personajes que finalmente van decidiendo adoptar una forma de vida diferente.

Introduzco el concepto de «villas de paz». Los personajes de «Diez mil años de crueldad» tienen la particularidad de encontrar una forma de vida que los hace, a todos ellos, sentirse bien. ¿No es esa la idea de la vida? Digo, ¿no sería mejor la vida si todos nos sintiéramos bien?

Quizás el título pudo haber sido diferente. Al ponérselo, pensé en que son más o menos 10 mil años los que han pasado desde que nuestra especie introdujo la agricultura como forma de subsistencia. Y ha sido una forma muy exitosa, a decir por la cantidad exagerada de individuos homo sapiens sapiens que hoy pueblan la faz del planeta Tierra.

Pero el costo en calidad psicológica existencial es el que ha sido muy elevado. Ese costo se traduce en lo que don Antonio Rebolledo —un importante personaje de la novela— llama cultura cruel. Para don Antonio —y su amigo Chucho— es un hecho que la cultura creada a raíz del invento de la agricultura es cruel con el ser humano. Y esta crueldad, aunque ellos hablan de muchas formas en que se manifiesta, es una crueldad la más importante: la forma en que se trata de organizar la vida sexual.

Por ello don Antonio resuelve que eso ya no puede seguir así. Su esposa, Lisa, es una mujer excepcional. El éxito de la vida de los Rebolledo se basa en la apertura e inteligencia de su esposa Lisa. Lisa declara en todo momento que su vida ha sido feliz gracias a que no ha tenido una agenda escondida con respecto a lo que busca en su vida sexual. Ella podría ser totalmente independiente, pero escoge, por convenirlo así a los dos cónyuges, dedicarse a un cierto tipo de labor doméstica, en tanto que arquitecto Rebolledo hacer lo tradicional: trabajar, acumular y lograr seguridad existencial.

Pero los Rebolledo solo son tradicionales hasta ese punto. En su vida sexual son una pareja completamente diferente. Gustan de andar siempre desnudos, practican sexo constantemente y don Antonio decide agregar gente sexualmente activa a su vida matrimonial.

El asunto es que la pareja de los Rebolledo no se lanza por sí sola a hacer una revolución cultural integral —en base a lo sexual, inicialmente— sino que agrega al grupo a personas que también aceptan el cambio, lo disfrutan y se sienten bien en el esquema existencial que van desarrollando.

Ellos se llaman humanos de paz. Desarrollan una forma de vida en la que tratan de sentir que no tienen nada qué guardar con respecto a sus deseos sexuales. Estos, sin embargo, se van apaciguando y estabilizando conforme pasa el tiempo en la villa de paz. Logran acabar con los celos, el sentido de posesión de unos sobre otros y van creando su pequeño paraíso terrenal.

Es un cuento, una novela, una historia ficticia. Hablan los personajes: ellos definen por qué escogen hacer lo que hacen y cómo se sienten. La historia sugiere que la paz es más fácil en un ambiente de cero agendas escondidas o restricciones sexuales entre humanos.



Las estadísticas de Infidelidad

A continuación se presentan algunas estadísticas sobre infidelidad y el matrimonio según lo informado por el diario The Associated Press de Terapia Familiar y Civil:

  • Porcentaje de matrimonios que terminan en divorcio en los Estados Unidos: 53%
  • Porcentaje de los "matrimonios de conveniencia" (donde los padres recogen a sus hijos o cónyuges hijas) que terminan en divorcio: 3%
  • Médico de campo (s) con la tasa más alta de divorcios: psiquiatras y consejeros matrimoniales
  • Porcentaje de matrimonios en los que uno o ambos cónyuges admiten a la infidelidad, ya sea físico o emocional: 41%
  • Porcentaje de hombres que admiten haber cometido infidelidad en una relación que han tenido: 57%
  • Porcentaje de mujeres que admiten haber cometido infidelidad en una relación que han tenido: 54%
  • Porcentaje de hombres y mujeres que admiten haber tenido una aventura con un compañero de trabajo: 36%
  • Porcentaje de hombres y mujeres que reconocen la infidelidad en viajes de negocios: 36%
  • Porcentaje de hombres y mujeres que reconocen la infidelidad (emocional o físico) con un cuñado o cuñada: 17%
  • Duración media de una aventura: 2 años
  • Porcentaje de matrimonios que duran después de que un asunto ha sido admitido o descubierto: el 31%
  • Porcentaje de hombres que afirman que tendrían una aventura si sabían que nunca iban a descubrir: 74%
  • Porcentaje de mujeres que dicen que tendría una aventura si sabían que nunca iban a descubrir: 68%