domingo, 15 de abril de 2012

Cambio que no debemos interrumpir

La historia de nuestro país nos muestra un trayecto difícil. Las dos grandes revoluciones que hemos tenido como país —la de 1810 y la de 1910— fueron luchas veladas de clases, con alto contenido racial.

El resultado de esa historia fue lo que vimos a lo largo del siglo 20. La política —que es la cosa pública— se fue concentrando en los políticos. Estos deberían ser congruentes con la “revolución” y trabajar siempre a favor de los que se levantaron en armas para reivindicarse como seres humanos con los mismos derechos.

El México de hoy cuenta con legislación que cancela cualquier diferencia de derechos por raza, religión, género o preferencia sexual. Pero una cosa es lo que constitucionalmente está sustentado y otra lo que se percibe.

Al observar la conformación de la gente en las ciudades y los campos, lo primero que debemos traer a la mente es el marco legal en el que suceden las cosas. Las oportunidades económicas, educativas, de salud y políticas son legalmente idénticas para todos. Los dos movimientos armados concluyeron en esa legislación, que se ha ido perfeccionando. Eso es lo que se ha logrado, y no es poco.

De inmediato surge el fantasma de la corrupción. La corrupción es un fenómeno que da al traste con el sentido de la Constitución. Las oportunidades iguales, se vuelven desiguales; la libre competencia, se vuelve rígida protección de privilegios; la educación para todos se vuelve oportunidad política de un sindicato; los energéticos como propiedad de la nación, se convierten en rehén económico y político de grupos sindicales creados para apoyar políticos.

El sistema PRI se basa, para afirmar que “sí sabe gobernar”, en la comprensión de ese fenómeno tendiente a continuar la historia de México como el de un grupo que toma el poder y secuestra las fuerzas de la producción para que los dejen hacer política —a los políticos— en tanto que los empresarios supuestamente deben generar riqueza. El resultado es la creación de mancuernas de corrupción, como las que hoy vemos regresar, cuando millonarios —con la consciencia de deberle su riqueza a la protección de su corrupción— hoy solo apoyan con grandes cantidades de dinero a los políticos del PRI.

El PAN significa exactamente lo contrario: provocar libre competencia, cero protección y cero privilegios por favores políticos. Esto hace que los millonarios lo vean como opción poco atractiva, a diferencia del PRI, al que sí ayudan a manos llenas. Ese es el cambio que no está ni a la mitad, y que debemos evitar que se interrumpa.

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