viernes, 23 de diciembre de 2011

«Me da la gana de ser apolítico»

Pueden imaginarse que no fue un diálogo fácil.

—No me interesa la política y tengo derecho a que no me interese. Y no voto nunca. No voy a votar jamás. Todo me parece una farsa. Todos esos que se llaman políticos, sean mujeres u hombres, son farsantes, mentirosos y megalómanos. Se meten a politiquear porque añoran poder, mandar, tener fuerza bajo sus órdenes. No confío en ellos.

Me es difícil combatir alguna parte de ese discurso. Quien habla ha generalizado: todos son megalómanos; persiguen poder por deseos de dominar a sus congéneres, de sacar provecho de sus puestos.

—Realmente, ¿te parece que son iguales todos? ¿Te parece que han obtenido resultados idénticos? ¿No ves grandes y marcadas diferencias entre cómo administran estos y cómo lo hacen aquellos? ¿De verdad estás diciendo que "son iguales"? —mi afán era solo hacerle ver que estaba generalizando y siendo injusto.

—Basura, todos. Me da igual. Toma a cualquiera: son mentirosos, son porquería. Estos, aquellos, son iguales. Si encajan dentro de quienes buscan vivir de ser políticos, solo buscan engañar y sacar provecho.

Mi amigo Eladio se ha vuelto negativo. No confía en nadie. ¿Cuántos Eladios hay por allí? Me propuse examinarlo, para ver de dónde sacaba esas conclusiones.

—A ver, dime, cuando aquellos gobernaron Yucatán, ¿recuerdas endeudamiento? ¿Sabes a qué nivel han subido deudas estos que están ahora? A ver, dime, a nivel federal, ¿recuerdas esos gobiernos que cada 6 años hacían quebrar nuestro país? ¿Se te han olvidado esas recurrentes crisis? ¿De qué partido político eran?

—No sé de qué estás hablando. Siempre vivimos en crisis.

Es obvio que su visión adolecía de claridad. Era evidente su ignorancia con respecto a esos ciclos de crisis que vivimos constantemente.

—Pero ahora todo está mal. Está peor que nunca.

Es obvio que Eladio habla sin conocimiento, sin fundamento. Pero, ¿qué se puede hacer? Es tan profunda esa penetración de información falsa, tergiversada, negativa sin fundamento, que es casi imposible modificar actitudes basadas en figuras falsas exaltadas por medios con agendas misteriosas o, de plano, estúpidas.

—A ella le robaron la elección en 2006. Impusieron a quien era amigo de poderosos.

—Eso es falso, Eladio. De nada sirve si no somos tan siquiera capaces de contar votos. Ganó quien ganó. Pero convino a alguien con intereses muy concretos, modificar información para dejarte esa imagen exactamente falsa, esa que mueve muchas opiniones, exitosamente oscurecidas.

Algunos buscan activamente mentir, tergiversar hechos, esconder realidades. Otros activamente creen mentiras y actúan, de buena fe, proliferando falsedades. Muy pocos entienden y conocen exactamente eso que realmente sucedió; por ello, muy pocos entienden qué es conveniente. Así, en ese mar de confusión, ¿cómo podemos salvarnos?

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