jueves, 1 de diciembre de 2011

Cuando nos mienten para vendernos o pedir nuestro voto

Todos los sistemas parecen contener en su esencia algo que finalmente los destruirá. La democracia política se mezcló bien con la economía liberal. En la democracia política, los ciudadanos votan por las personas que aceptarían para que gobiernen; en la economía liberal, el consumidor vota, comprando, por aquello que acepta como producto mejor.

Ambos sistemas se basan en la libertad de elección. Aparentemente el individuo, como ciudadano y como consumidor, tiene plena libertad de elección entre quiénes lo representarán para los asuntos públicos —la política— y cuáles son los productos que deberían producirse más —la economía. Todos los individuos en conjunto forman el electorado; y todos en conjunto generan la oferta y la demanda.

Pero ¿qué ha pasado hoy, en 2011? Y no es algo nuevo. Realmente se trata de algo que viene sucediendo desde bastante tiempo atrás.

Lo que sucede es que tanto en las cuestiones políticas como en las económicas, se solicita la elección del individuo en base a "información" que se le transmite acerca de la persona por la cual votará o acerca del producto que elegirá. Y en ambos —tanto a los políticos como a los productos— casos, los "objetos" de elección —políticos y productos o servicios— se les incluye dentro de "marcas": en la política se les llama partidos y en la economía se les llama marcas registradas.

De la misma manera que en la política el individuo escoge al político que está dentro de un determinado partido, entre todos los productos semejantes escogerá probablemente según una determinada marca. El partido es la "fábrica" del político; la empresa es la fábrica, efectivamente, de los productos y servicios. Todos los requerimientos de las personas quedan sujetas a oferta, selección y demanda. En el caso de las cuestiones políticas, la demanda es el voto. En el caso de las cuestiones económicas, la demanda es la compra. Lo que se compra tiene demanda, por lo tanto, se trata de agregar la oferta. Si no es posible, sube el precio para disminuir la demanda.

De la misma manera que suben los precios de los productos muy demandados, también "suben" los precios de los políticos que ganan con muchos votos a su favor. Quien compra un producto a un precio elevado, siente que debe recibir de ese producto una cantidad de satisfacción semejante a la cantidad de unidades monetarias que pagó por él. Lo mismo sucede con un político por el cual hubo una copiosa votación a su favor: las expectativas crecen; mucha gente espera mucho del político electo. Muchos votos a favor de un político representan mucho poder real a favor de ese político.

El tema se reduce al concepto de expectativas. El precio alto pagado por un producto, eleva el nivel de satisfacción que se espera de ese producto. Un político que recibe grandes apoyos de los ciudadanos vía copiosas votaciones a su favor, cuenta con poder pero, al mismo tiempo, tiene ante sí a ciudadanos con expectativas muy altas con respecto a lo que el político podrá hacer. En ambos casos el tema es expectativa. Estamos hablando de lo que se espera del político y del producto.

La publicidad no es sino información sesgada a favor de lo que se anuncia: si se anuncia un político, se dirán muchas cosas muy buenas de él o ella; si se anuncia un producto o un servicio, se le tratará de convencer al potencial consumidor que se trata de lo que más satisfacción le dará después de haberlo comprado. La publicidad, pues, es información para levantar las expectativas de los potenciales votantes o compradores.

Finalmente hemos llegado al punto más grave de la vida hoy, diciembre de 2011: información, realidad y expectativas. El sistema se ha ido torciendo progresivamente hasta el punto de transferir información que no concuerda con la realidad, generando expectativas que no se podrán cumplir.

Y es precisamente en este momento que surge la tecnología de las redes sociales. Representan una gran oportunidad para que la información que le llegue al individuo ciudadano y consumidor, no esté sesgada por quienes tienen intereses en que algo se elija vía voto o compra, sino por quienes tienen experiencia previa y en base a la cual pueden hablar con los que no han tenido esa experiencia, para que sobre bases reales los potenciales votantes o compradores, tomen decisiones más acertadas para ellos en lo personal o para la colectividad que afectarán con su voto electoral o monetario.

El problema con la tecnología de las redes sociales es la invasión de los sistemas de personas que no están genuinamente diciendo lo que se les oirá, sino que han recibido una paga o tienen intereses muy concretos, a favor de eso que pregonan como bueno o valioso.

¿Nos damos cuenta del predicamento generalizado? ¿En quién puede el individuo confiar?

¡En nadie! Este es el punto clave: las decisiones que cada uno tomará deberán estar basadas en investigación de primera mano que cada uno realice. El elemento de destrucción del sistema de "libertad de elección" es la grave situación en que llegan a caer todos cuando para tomar una decisión —política o económica— ya no tenemos la posibilidad de confiar en lo que otros nos digan, sino que tendremos que hacer nuestra propia investigación.

Hemos llegado al punto en que tenemos que comprobar en forma directa todo aquello que nos quieren ofrecer. La cosa, ¡está bien complicada! ¿No es así? ¿Qué puede aliviar este alto grado de complejidad? El regreso de la confianza. Y para que esto suceda tiene que proliferar la verdad sobre la realidad.

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