viernes, 18 de noviembre de 2011

El Plan C del priismo yucateco 2011

Lo encabeza Ivonne Ortega Pacheco. Está claro: había 3 posibles intentos de sucesión a lo que cree que es "su trono" y que puede legar en "herencia" a sus amigos, allegados o simplemente, gente capaz de transar su futuro al terminar estos cinco años de franco retroceso en Yucatán.

Angélica Araujo le cae bien. Fue una oportunidad de gran amiga. La hizo diputada relámpago —solo se trataba de ganar la elección— y de inmediato la lanzó al estrellato de la presidencia municipal de Mérida. Engaño 1 al electorado.

Pero no la dejó sola. No, tampoco la dejó acompañada, sino todo lo contrario (sic). La dejó bien observada con un plan muy claro, nítido, transparente. visible desde cualquier ángulo, pero solo si te colocas la escafandra para bucear entre el lodo.

Le incrustó a una persona. Se la clavó en el corazón de ese pseudo gobierno municipal angelicálico. Engaño 2 al electorado: no votaron por Quintal, sino por Araujo. Y desde adentro, el incrustado se encargó de muchas, pero muchas cositas; pero hubo "cosota": fue la "mano que mece la cuna", el veneno destruyendo el estómago de ese cuerpo —el futuro político de "Angie". ¿Hay alguna otra forma para entender la estupidez del 4 de julio de 2011? Estupidez triple: 1) obra sin consenso, 2) ataque a los inconformes con saña, maldad, coraje e ira —resultando en sangre inocente— y 3) obra que solo agravó los problemas de tránsito en los pasos conflictivos aledaños y secuenciales.

Y así quedaría abierto el camino para el "Plan C" (C de Cervera): el primo a la grande en 2012. Estamos hablando del mismo que en redes sociales anticipó los sucesos del 4 de julio de 2011, orquestados por su personero (QP) en el corazón del pseudo gobierno nada angelical de Araujo Lara.

Es deuda de sinceridad confesarlo: no creímos, jamás, que al regresar al poder los que tienen ese fuerte "corazón tricolor" —con 3 letras, pero sin el escudo nacional— harían lo que hemos visto desfilar ante nuestra mirada atónita. La alternancia habría sido para ellos —pensamos— la gran oportunidad de aprovechar pequeños errores, reales o inventados de sus antecesores —convertidos en "monstruos" a través de las lupas de la prensa mercenaria y mentirosa. Creíamos que regresarían al poder con imaginación, legalidad, democracia, honestidad, transparencia y apertura; exactamente lo que siempre tuvieron los equipos que los antecedieron, 19.5 años en Mérida y 6 años en Yucatán.

Pero ahora sabemos que la cultura de estos grupos es de franco desdén al ciudadano, de intolerancia absoluta al adversario político y de apego malsano —enfermizo, patológico— al poder total: jueces, diputados, cámaras, maestros, alcaldes. Son politiqueros que entienden nada de democracia o de derechos humanos fundamentales. ¿Excepciones? ¡Debe haberlas! Pero, ¿cómo pueden garantizarnos que pudieron evitar el contagio del virus maligno de la política rastrera?

Los ciudadanos de Yucatán que han estado atentos y han observado con sagacidad, inteligencia y objetividad, ya saben hoy que la situación vivida a partir del relajo que comienza en 2007, no puede continuar en nuestro estado.

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