lunes, 27 de abril de 2009

Un recuento de hechos hacia la ética en México

Ética y civilidad. Calderón —el presidente— ­­­­­­­­­­nos recuerda que cuando hayan mejores ciudadanos, habrán mejores políticos. El recordatorio lo hace en un acto en el que la maestra Gordillo le promete que los miembros del SNTE sacrificarán algunos privilegios laborales en aras de una mejor educación en el país.

Nada nuevo bajo el sol del deber ser, todo nuevo bajo el sol del ser. ¿Cuántas veces en los 100 años anteriores al 2000 algún presidente apeló a la ética y a la civilidad para mejorar las cosas?

La ética y la civilidad son aspectos morales de la persona y de la sociedad. La implicación tácita en los regímenes anteriores fue siempre el discurso abstracto, dirigido a entes amorfos, intocables, a los cuales no se les podría decir una sola palabra que pudiera hacerlos sentir mal. El discurso siempre encontró culpables en los "enemigos externos de México" que estaban al acecho constante para desbaratarnos como nación.

Dentro de esa clasificación se incluían los conacionales que, en desacuerdo con el régimen, levantaban sus voces para invitar a la sociedad a un cambio. Insistieron siempre en que ese proceso debería ser uno dentro de la ley y de la paz.

Al mismo tiempo surgieron en México los que solicitaban un cambio radical: la desaparición total de las instituciones y las leyes existentes para la construcción de unas nuevas, radicalmente diferentes, que basarían la vida en la prohibición de que los medios de producción fueran propiedad privada.

Dos extremos, dos posturas. Una que solicitó el cambio dentro de las instituciones, otra que exigió la desaparición de las instituciones.

En 1989 cayó el muro de Berlín. Aquel último dictador soviético, Michael Gorbachyov, había decidido que el cambio radical que se llevo a cabo en la Rusia —asesinando a los zares— no había logrado la productividad necesaria para mantener al ser humano en un mínimo de bienestar. El estado soviético se hacía a un lado, desparecía pacíficamente para que la organización que mantuvo regresara a la forma de control y gobierno anteriores al sueño hegemónico de Lenin y Stalin.

En México las dos formas de estar en desacuerdo con el regimen existente se encontraron, de pronto, ante el hecho de que el cambio sería factible y habría de serlo dentro de la ley.

Tradicionalmente, el sistema hegemónico mexicano del siglo 20 había consumido —los tragaba, asimiliba y digería— a los disidentes de izquierda. El régimen, invariablemente, los "invitaba" a colaborar. "¿Qué deseas?" Les preguntaba a los radicales, promotores del cambio revolucionario marxista. Y así las filas de los gobiernos "revolucionarios" se fueron llenando de "revolucionarios" domesticados.

En 1988, un año antes de la caída del muro de Berlín, la izquierda que militaba dentro del Revolucionario Institucional se rebeló. Cárdenas quería gobernar; él sentía que él debería ser el próximo presidente. En el Distrito Federal viven personas que siempre están esperando que algo mejor les llegue. Allá se volcaron por el hijo de Tata y se armó el merequetengue, como dicen en Cuba.

Durante los años anteriores al merequetengue de 1988, Miguel de la Madrid había hecho exactamente nada. Sabía que la lógica de la economía mundial le dictaba dejar atrás el régimen estatista. Pero como buen alumno de la escuela nacionalista estatista, sentía que hacerlo sería una traición. Entonces dejó que las clases medias se divirtieran jugando a la bolsa de valores —situación que acabó en caos, con pérdidas multimillonarias para los neobolseros de la calle y ganancias insultantes para los bolseros profesionales.

Los pesos mexicanos eran como los billetes del juego ése llamado "Turista" o "Monopoly". Eran papel impreso sin valor real alguno. Eran "bilimbiques", como las monedas de las haciendas para pagar el trabajo de los peones acasillados. De la Madrid contaba con el poder tlatoánico absoluto de ordenar a gusto la impresión de billetes conforme éstos se necesitaran. La devaluación galopaba a pasos cada vez mayores. Las fronteras cerradas para que no entre nada y abiertas para que salga lo que sea —excepto que se producía nada apetecible en el exterior. A ningún país le gusta comprarle mercancía a una nación que no permitirá que sus habitantes compren algo en el exterior.

El modelito de la era hegemónica del PRI estatista se había desmoronado. Se estaba viviendo la última étapa de la simulación al máximo.

Allí, dentro del gabinete del amedrentado De la Madrid, se movía a velocidad vertiginosa un hombre de baja estatura, delgado, totalmente calvo, que hablaba a gran velocidad y con una gran seguridad en lo que decía y en sí mismo. Convenció a De la Madrid de su superioridad sobre los demás para sucederle en el trono tlatoánico y tuvo el beneplácito del presidente timorato —llamado El Pequeño Gerente por el aparentemente asesinado Loret de Mola en 1986— para lanzarse a lo nuevo.

Salinas podría haber convencido si se le escuchaba. Pero no fue así. Nadie le puso atención. Todo lo que viniera del PRI sería ignorado. Ahora el salvador en promesa sería la izquierda representada por Cuauhtémoc Cárdenas, el hijo de "Tata", la leyenda viva. El "sistema" tuvo que caerse para evitar la ascensión de la izquierda. Unos meses después de esa "caída de sistema", cayó el muro de Berlín, la Unión Soviética, el sistema hegemónico que se entercan Cuba y Corea del Norte en mantener —y con el que coquetean Venezuela, Ecuador y Bolivida.

De no haber caído el sistema nos habríamos encontrado con un Cárdenas sin aliados potenciales en el mundo. Nos habríamos pegado a Cuba; el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canada no existiría. Cárdenas le habría echado la culpa a la acción perpetrada por el "capitalismo mundial" para dominar el planeta.

Al contrario de lo que habría sucedido con Cárdenas y sus marchas fuertemente nacionalistas —hablando ante miles en el zócalo del D.F. como lo disfruta AMLO— Salinas de Gortari se alió de inmediato con el George Bush padre y éste le dejó como legado sagrado a su sucesor, Clinton, el atender el NAFTA con México y aprobarlo a como diera lugar. Así, el 23 de noviembre de 1993, un congreso norteamericano dividido y con algunos tercos en rechazar la asociación comercial con México, peilculescamente aprobó la firma.

Desgraciadamente muchos mexicanos y afortunadamente muchos norteamericanos no saben que México tiene, gracias al NAFTA, un superávit comercial de más de 36 mil millones de dólares anuales con los Estados Unidos. México pasó de ser un país raquítico en divisas durante la era de los gobiernos sin NAFTA, a convertirse en un país con una economía sólida y con una reserva de divisas que crece a diario. Es la reserva que le ha permitido enfrentar la crisis de 2008 lo mejor posible —dadas las dimensiones del fenómeno.

Si el sistema en 1988 no se hubiera caído, ¿qué habría sucedido con México en 2008?

Sin embargo, Salinas de Gortari continuó la tradición de la simulación. "Simuló", el caballero, que la moneda mexicana ya tenía un "sustento real". Promovió el endeudamiento de la gente y el crecimiento del crédito de los bancos privatizados ya. La simulación le salió mal, una vez más, al país entero. Al estilo de las crisis con López Portillo o Echeverría, la de Salinas le estalló en las manos a Ernesto Zedillo.

Éste escogio dejar de simular. Y ello significó endeudar al estado mexicano por 120 mil millones de dólares que hasta hoy —2009— pesan sobre el erario y le han impedido a Fox y a Calderón tener un margen de uso de recursos para que el país crezca.

Cuando el PRI pierde en el 2000, el nerviosismo del FMI provoca inseguridad entre los inversionistas. ¿Qué haría el parlanchín, populista Vicente Fox? ¿Aceptaría continuar con la política monetaria basada en el valor real de la producción y en la disponibilidad de divisas de los países? ¿Resolvería Vicente Fox echar por tierra el proceso de "domesticación" financiera que Zedillo de muy buena gana había aceptado? ¿Aceptaría Vicente Fox, como Zedillo lo había hecho, continuar con la disciplina fiscal y abstenerse totalmente de intervenir políticamente con el Banco de México para la emisión de billetes?

Para el FMI Vicente Fox resultaba un enigma. El sistema PRI le apostaba al fracaso de Vicente Fox —y mediáticamente lo lograron, al venderle al mexicano una imagen totalmente falsa de los verdaderos resultados del sexenio foxista. El FMI le presentó a Fox una "terna" de candidatos para el manejo de la hacienda pública. Fox trató a cada uno de ellos personalmente y escogió al que era amigo de sus amigos, con una amplia y sólida recomendación del Fondo Monetario Internacional. Así confirmó Fox su grave equivocación de percepción: en efecto, no había dinero. El erario estaba sangrando a través del inmensgo agujero del FOBAPROA, mal necesario y sin otro remedio más que afrontarlo.

Fox había sido víctima de la total falta de transparencia de los regímenes autoritarios, cerrados, bajo las siglas del PRI. De ahí que la implantación de la transparencia más absoluta fuera para Fox una promoción imposible de mantener esperando. Fue tan rápida la instalación de esta ley, que la prisa dejó al descubierto el error de los encargados de vestir los baños de Los Pinos, dejando como resultado de un prorrateo irresponsable el precio de $4,000 por una toalla.

La "lupa" del PRI y sus medios controlados había ya desencadenado el proceso de asesinato mediático de Fox. Y con él, la ilusión del mexicano de haber encontrado la forma de tener un gobierno limpio, honesto y transparente.

Pero sólo acabó con la ilusión, porque el gobierno limpio, honesto y transparente, fue una realidad. El cambio se dio y fue radical en comparación con estándares de transparencia del régimen tricolor. Inventaron —porque jamás, ningún contralor encontró falta real alguna— toda una serie de casos imaginarios de influyentismo y supuestos ataques al erario por parte de Fox. Hasta hoy siguen pataleando. Fox ríe, porque sabe que hizo "bien" su "tarea".

Jamás en toda la historia de México hubo un presidente más vigilado o auditato que Vicente Fox Quezada durante el sexenio 2000-2006. Quizás no lo hubo ni siquiera en alguna otra parte del mundo.

Martita Sahagún es un fenómeno de antipatía especial. A las clases con el dinero a su nombre les disgusta la advenediza. A las clases sin dinero, les disgusta ese afán de ascenso social que parece una desesperación patológica en la diminuta pareja de uno de los hombres más grandulones de México. Cuando la mujer habló, sin embargo, no dijo jamás disparates. Ésa fue una buen razón para evitar que sus discursos pasaran al público completos. La señora de Fox tenía ambiciones políticas. Todas fueron apagadas en forma definitiva. Ella quiso apagar, por su parte, el bólido en despegue imparable llamado Felipe Calderón Hinojosa. ¡Ah, cómo la hizo enojar ese destape en Jalisco! En alguna forma sabía que era él o ella.

La Martita ha de haber dicho alguna vez: "el que sea, menos Calderón". Así el partido blanquiazul estuvo a punto de perder con Creel Miranda como candidato. Finalmente se impuso el "hijo rebelde" y logró llegar a ese 2 de julio del 2006 —después de varios altibajos en el camino— con .56 de punto porcentual —había estado mucho más abajo y mucho más arriba durante la campaña— por encima del producto hecho por los reporteros madrugadores de 5 años de propaganda gratis.

Fox aplicó la política del "perdón". Perdonó a las víboras de que habló en sus discursos de campaña. Pensó que las leyes podrían encasillar a los lagartos y demonios sueltos. Los dejó proseguir su trayectoria basada en la simulación. Y el error se le revirtió. Y de paso, nos perjudicamos todos los mexicanos. ¿No eran los cínicos de la era de la simulación merecedores de un castigo ejemplar? ¿No estuvo Fox en la posición de ejecutar ese castigo con la aprobación abierta de toda la ciudadanía nacional e internacional?

Fox se molestó, se indignó, no pudo soportar la canallada de los congresistas de la oposición a la reforma fiscal necesaria. Gil Díaz había experimentado, cuando fue parte del gabinete de Salinas de Gortari, lo necesario para concluir que los impuestos al consumo son los únicos factibles de llegar al erario mexicano con relativa facilidad. El IVA debía generalizarse, quizás con diferentes tasas, pero abarcando todos los productos y servicios por los cuales paga el mexicano. Libros, revistas, periódicos, medicinas, alimentos, colegiaturas escolares. Era factible también una tasa más alta del IVA a productos "suntuarios" como joyas y perfumes o cigarros y alcohol. Estamos hablando de tasas mayores, no de nuevos impuestos, como los diputados pretendieron hacerlo con ese estúpido nuevo impuesto suntuario que fue un fracaso rotundo en todos sus aspectos.

El plan del IVA generalizado implicaba en forma automática el regreso de una parte de ese impuesto —"con pilón", como diría Fox— a 5 millones de las familias más pobres del país.

La idea fue brutalmente asesinada y con ese asesinato, una oportunidad para establecer en forma generalizada una lección de educación civil: la obligación de cada ciudadano mexicano de contribuir al erario. El IVA generalizado llevaba consigo la misión paralela de provocar en cada mexicano un elemento de conciencia con respecto a la obligación natural que todos tenemos de contribuir con parte de nuestros bienes, al presupuesto de las obras nacionales.

La empresa, por otra parte, cuyo IVA le sería acreditable, contribuiría —como fue siempre y es hasta hoy— según las utilidades de sus operaciones. El IETU hoy es un impuesto para que el estado mexicano se asegure de que la operación de la empresa aporte por lo menos un porcentaje del diferencial de liquidez generado conforme la empresa opera. No es además del ISR (impuesto sobre la renta) sino en vez del ISR y acreditable al mismo.

El IETU no tendría que existir de haberse instalado el IVA generalizado. El IETU es un impuesto cautivo, el impuesto del "no me queda más remedio que pedirte de nuevo a ti, empresa, dado que no me dejan hacer que todos se conviertan en contribuyentes".

"Ética", la nueva materia que junto con "Civismo" deberá acreditar cada alumno en el sistema educativo nacional. Civismo viene de civilidad, civil, citadino, ciudadano. Y en griego el vocablo para ciudad es polis, de donde emana el vocablo "político". Le da al clavo exacto Calderón cuando une la ética con el civismo y liga todo ello al vocablo polis: la vida será mejor cuando tengamos mejores políticos. Los ciudadanos y los políticos se hacen a través de la ética. O no se hacen.

Lo que llama la atención en general es el número de años que tuvieron que transcurrir antes de establecer la conexión, liga o vínculo estrecho y rígido que necesariamente existe entre la civilidad y la ética. ¿Es labor exclusiva del gobierno?

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