viernes, 6 de febrero de 2009

Los presidentes mudos

Lo tramposo de un sistema no se quita jamás. Continúa en forma indefinida a través de los años.

El sistema PRI, con esa cara de cinismo que le ha quedado desde el 2000, ahora apuesta al presidente mudo.

Es una deformidad histórica que parece tener un gran arraigo precisamente en el centro del país mexicano. En el D.F. crecen con el sentimiento de un gran respeto a la figura central poderosa. De esa deformación educativa surge la creencia de que las palabras del Gran Tlatoani —el presidente de México— son sagradas y, por lo tanto, quien está en ese puesto, debe mantenerse lo más callado posible.

En el programa Tercer grado los participantes manifestaron su disgusto, no sólo porque el presidente actual hable, sino porque los presidentes anteriores lo hagan. O sea, los presidentes mexicanos sólo pueden hablar mientras no lo son. Una vez que son o han sido, deben permanecer mudos o hablar sólo del clima y con mucho cuidado.

En Davós, Suiza, el ex presidente de México, Ernesto Zedillo, se encontró con el actual, Felipe Calderón. Tuvieron una plática, que por alguna razón desconocida trascendió al público mundial. De esa plática sabemos que el ex Tlatoani Zedillo le comentó al Tlatoani Calderón que el rescate bancario mexicano había salido mucho más caro que el norteamericano, porque el dinero necesario representó 20% del PIB en México y solo 5% del PIB norteamericano.

Los comentaristas de Tercer grado hicieron expresiones de asombro, de sorpresa; expresiones semejantes a las que haría una abuelita conservadora al enterarse de la pérdida de la virginidad de su nietecita más joven. El asombro continuaba con tono de reproche: "si, ahora los presidentes pueden decir lo que quieran..." De haber tenido enfrente a Zedillo, a Calderón o a Fox, los habrían sentado en el banco del castigado, quizás los habrían abofeteado de ida y vuelta, terminando con una reprimenda por haber violado el deber sagrado de cualquiera que es o a ha sido el Gran Tlatoani: quedarse mudo.

Estamos mal en México si continuamos creyendo que los presidentes deben ser mudos.

Para empezar, tenemos que aprender a entender, todos los mexicanos, que nuestros presidentes son simples ciudadanos que tienen un trabajo —regularmente remunerado— que deben cumplir con honestidad, transparencia, inteligencia y apertura. Está claro que el puesto de presidente incluye un gran podium y un gran público —todos nosotros. Realmente, ellos tienen la obligación de explicarnos con todo cuidado cada paso que dan o cada tema que pueda ser complejo.

Cualquier ciudadano prefiere saber lo que piensa el ex presidente Zedillo con respecto al costo del rescate bancario en vez de que el mismo se quede "mudo" por su papel de Gran Tlatoani pasado. Lo que tengan que decir los presidentes —actuales o pasados— es de gran valor para los que tengan oídos para escuchar. Las palabras del presidente pueden ser para saber si está de acuerdo con uno o si es un adversario más: así de simple. ¡Que hablen todo lo que deseen!

La última fue contra Felipe Calderón. Tuvo el tino de permitirnos saber que algo que contenía la propuesta de reforma energética que él envió al congreso sí habría permitido la construcción de 4 refinerías al mismo tiempo. Sin embargo, como los diputados del PRI, del PVEM, del PT, del PRD y de Convergencia no le aprobaron la propuesta tal como él la envió, sólo se podrá construir una refinería a la vez.

Por lo menos un priísta ya declaró que el presidente debería abstenerse de "estar en campaña", como si habernos informado del detallazo —muy grave en sus consecuencia, por cierto— fuera un acto proselitista. En conclusión debemos sacar que esos anuncios en los que el congreso nos trata de convencer a los mexicanos que ellos —los legisladores— siempre están pensando en "nuestro bienestar" son un tanto "discutibles". La construcción de 4 refinerías simultáneamente habría sido algo mucho más conveniente para el país: por la generación de fuentes de trabajo y por el ahorro en importación de gasolina posible al terminarlas. Gracias a lo que nos informó el presidente, ahora sabemos que hay partidos políticos que no actúan a favor de los mexicanos, sino a favor de sus intereses.

Si esos partidos hubiesen querido el bien de México, en vez de cambiar la ley —la original, enviada por Calderón— la hubiesen dejado como estaba, aunque al hacerlo le estarían dando al panista Calderón la oportunidad de lograr algo muy importante para todo México. Como ellos saben que el logro de Calderón sería contraproducente para sus partidos, ¡cambiaron la propuesta a favor de sus resultados electorales y no a favor de la economía de todos los mexicanos!

¿Será que por eso están tantas personas interesadas en que los presidentes sean mudos? ¿Para que no nos enteremos de cómo poco a poco van perjudicándonos los que pueden hacerlo —en este caso, los legisladores que no son del PAN— con tal de evitar triunfos del partido del presidente?

Que hablen todos los que deseen hacerlo. Mientras más información tengamos, más elementos contribuirán a formarnos un juicio claro de quién quiere el bienestar de México y a quién sólo le importa el resultado electoral de su partido. Y en este caso, el presidente, en primer lugar, tiene la obligación de informarnos puntualmente eso que otros nos pretenden esconder.

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