martes, 10 de febrero de 2009

Cantando victoria

No sabemos —no es algo que pueda predecirse con facilidad— cuánto tiempo soportarán la "crisis" los elementos macroeconómicos de que el presidente Calderón habla cuando dice que "esta crisis nos tomó bien preparados". Él sabe que esos elementos no son eternos. Eventualmente se pueden agotar, a menos que comience a revertirse la tendencia.

La crisis tiene su origen en el hecho de que los bancos de los Estados Unidos se quedaron sin dinero para continuar haciendo lo que normalmente un banco debe hacer: financiar. La inyección proteccionista del programa de rescate busca impedir que se congele la creación de nuevos negocios o se detenga casi totalmente la continuidad de los existentes. Son muy pocos los negocios que pueden prescindir del crédito para operar.

La raíz de esta crisis puede encontrarse en el falso auge que de pronto tomó la construcción de vivienda en los Estados Unidos. Aprovechando las tasas más bajas de intereses en la historia —0%— los constructores ofrecían vivienda nueva a precios de mercado. Inicialmente estos precios eran buenos. Conforme aumentó la demanda —la oferta de algo bueno genera más demanda— los precios también comenzaron a subir.

Los bancos continuaron financiando construcciones con precios ya mucho más elevados que el costo normal de mercado sin el factor "exceso de demanda por exceso de ganas de comprar por los intereses bajos". Los compradores aceptaban un endeudamiento alto con el atractivo de los intereses bajos.

Los constructores que recibieron el dinero de sus obras son los que ganaron. Vendieron a precios elevadisimos. Probablemente en el momento del auge también los costos se les dispararon a los constructores. Así se construyeron miles de viviendas o edificios de apartamentos familiares a precios inflados por el juego de una demanda sin fundamento en las necesidades reales de la economía.

Hoy, miles de compradores de esas viviendas o apartamentos se encuentran pagando mensualmente cantidades elevadisimas, sobre propiedades inmuebles con precios de mercado mucho más bajos que los precios a los cuales fueron financiados. Y muchos de esos ocupantes o especuladores de vivienda descubren que lo más conveniente para ellos es abandonar la propiedad y entregársela al banco. La tragedia financiera es que el banco, al recibir todas estas propiedades, no recuperará jamás el dinero que dio por ellas al financiarlas. Revenderlas significa entregarlas a precios mucho más bajos que los que tienen en sus libros contables cuando otorgaron los créditos.

Los bancos, para efectos prácticos, ¡están quebrados! Lo que ellos les deben a los que depositaron su dinero, ya no lo pueden devolver, porque lo usaron para financiar bienes que ahora cuestan mucho menos de lo que los acreditados están dispuestos a pagar.

En pocas palabras, ¡estalló la burbuja! Y lo que queda es nada, como cuando estalla una burbuja de jabón que flotaba en el aire.

Las leyes de mercado, en el momento en que se dieron los acontecimientos, fueron factores lógicos para generar el problema. El dinero barato hace que aumente la demanda del mismo. El dinero no se encareció a la velocidad de lo que estaba financiando —vivienda y materiales de construcción. Y como si se tratara de la ley de la gravedad, lo que subió, bajó, cayó, se desplomó.

Cuando los que tienen su dinero en acciones de empresas notaron el grave problema que se avecinaba, anticipando la falta de crédito y, por lo tanto, la imposibilidad de crecimiento de los negocios, comenzaron a vender, todos al mismo tiempo, sus acciones. Y sucedió lo que siempre sucede cuando se dan estas avalanchas: los precios de las acciones se desplomaron. Inversionistas que habían ahorrado de muchos años atrás y que creían que su dinero había crecido muchas veces, vieron cómo en unos cuantos días el valor de las acciones que habían comprado ya no era ni siquiera suficiente para recuperar el monto de los ahorros inicialmente invertidos.

Una buena parte de las reservas de México tuvieron su origen en inversionistas extranjeros que compraron pesos con los cuales compraron acciones de empresas mexicanas en el mercado de valores mexicano. Vieron, con el paso de poco tiempo, cómo el valor de esas acciones subía —en pesos— en tanto que el valor del peso se mantenía prácticamente igual. En México habíamos logrado que el valor del dólar y del peso se mantuvieran equilibrados: se demandaba de una moneda lo mismo que se ofertaba de la otra y vice versa. Las divisas, por lo tanto, sólo aumentaron principalmente por los altos precios del petróleo y el flujo constante de inversionistas que compraban acciones en el mercado accionario mexicano.

El estallido de la burbuja y la venta desesperada de acciones provocó también una compra desesperada de dólares. Esta demanda excesiva provocó el aumento del precio del dólar, con la extraña salvedad en esta ocasión de que la inflación se mantuvo idéntica o hasta bajó —enero de 2009. Por otra parte, los bancos que operan en México, todos ellos extranjeros, requieren dólares en sus bóvedas centrales. ¡Y tienen pesos! Entonces, ¿por qué no comprar esos dólares aquí, en México? La excesiva demanda y la compra de todo lo que oferta el Banco de México han empujado el dólar a un nivel excesivamente alto, un nivel que disminuiría sustancialmente la importación de mercancía para el consumidor mexicano.

El presidente Felipe Calderón, lejos de cantar victoria, informa a los mexicanos que será bastante menos complicado hacerle frente a la crisis —gracias a la fortaleza económica lograda con disciplina fiscal y un circulante equilibrado con la produccón— de lo que lo fue durante las crisis anteriores. No podría cantar victoria porque ni es una crisis provocada por una mala política de su régimen ni es una crisis sobre la cual pueda ejercer influencia alguna que no sea suavizar la caída para los mexicanos.

El país, la undécima potencia económica del planeta, ha administrado correctamente sus elementos financieros y ha crecido probablemente lo que su lugar en el mundo le habría permitido crecer. La tasa de crecimiento de una economía menor o de una economía con un mayor porcentaje de gente sin beneficio de crecimiento aún necesariamente —haciendo bien las cosas— debe ser mayor a la de una economía que ha crecido ya.

En otras palabras, los blindajes de la disciplina fiscal y el modelo macroeconómico están funcionando. Los detractores del modelo le apuestan a que éste se agote pronto, como si lo más importante fuera probar que "tenían razón" —cuando hoy se está probando totalmente lo contrario— aunque llegar a ese punto signifique una crisis fatal para el país.

Proporción. La reserva de divisas de México es la doceava parte del monto del rescate bancario en los Estados Unidos. Aún somos muy pequeños, aunque ya no nos falta tanto por crecer.

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