viernes, 14 de noviembre de 2008

Divorcios y custodia de menores: Sensatez civilizada y respeto al menor



Franz J Fortuny Loret de Mola


Difícil situación vive la sociedad cuando surge un pleito conyugal con menores de por medio. Y la situación se agrava aún más cuando las visiones existenciales de la vida son radicalmente diferentes entre los dos engendradores biológicos del nuevo ser.


"Me parece perfecto que hayan allanado la casa de ésos... Se lo merecían. Nuestro consejo a [él o ella] siempre fue que se estaba tardando mucho. Desde luego que el fin justifica los medios..."


"Es terrible lo que te han hecho. Tienes que recuperar a tu crío. No puedes dejar las cosas así."


Los cónyuges tienen adeptos y éstos toman partido. La ley, si no está a favor de alguno de los dos, "es la ley la que está mal". Y es que las leyes mexicanas –posiblemente sean así las leyes en todo el mundo, aunque es de dudarse– parecen tener un agujero legal por el cual se puede salir la ecuanimidad de los involucrados.


Un juez determina que la custodia se queda con el engendrador A. Pero el engendrador B no está de acuerdo con la decisión del juez. Mientras apela –o no lo hace– decide llevarse a la criatura. Para hacerlo puede ser que viole otras leyes y puede ser que no. El caso es que el acto de llevarse al menor no viola ninguna ley en sí –el método usado podría ser que sí. "No podemos hacer nada. Es su padre [o es su madre]", dicen los expertos. Sugieren contratar detectives hasta encontrar al cónyuge raptor y ver cómo se le puede quitar a la criatura. Supongamos que logra "recuperar" al crío el cónyuge que lo había perdido; se lo lleva –de nuevo, con o sin violación de otras leyes– y el drama ha comenzado de nuevo. Tocará el turno al otro. ¿Hasta cuándo cesaría la locura?


La tentación es establecer que el código penal incluya como delito castigable con cárcel a todo cónyuge que decida desobedecer las órdenes del juez. El delito –sin importar el método de extracción– consistirá en no "retornar" a la criatura según el acuerdo judicial sancionado. Obedecer, sin rodeos, la orden que haya dado el juez, sea cual fuere ésa.


¿Es posible algo así en México? Sabiendo la total falta de elementos para confiar en que las decisiones judiciales sean estrictamente apegadas a lo que es justo además de ser legal, la tentación de sugerir ese tipo de legislación posiblemente deba dejarse descansar.


Entonces, ¿qué procede? Quizás el espíritu de la ley –respetar el secuestro que los padres hagan de los críos en forma secuencial e indefinida– esté sugiriendo algo: sensatez civilizada por parte de ambos cónyuges y por parte de sus consejeros sociales, psicológicos o familiares. Una adecuada dosis de sensatez resolvería muchos problemas.


"Es que no puedo soportar las costumbres de A." "Es que no soporto la neurosis de B." "Es que A es totalmente inconfiable." "Es que B acabará con la felicidad del crío."


Cuando se da lo irreconciliable, estamos ante dos personas que son prácticamente rehenes de sus visiones de la vida y desean intensamente hacer un nuevo rehén –cada uno de su visión– al vástago jaloneado, como si fuera un objeto. Están impidiendo en forma activa que se produzca la oportunidad de que el menor se forme una visión libre –que podría ser una tercera opción, diferente a la de sus progenitores.


Se dice fácil, pero se siente fuerte. Correcto, ni hablar. Pero, ¿y la sensatez? ¡Claro que es un esfuerzo lograrla! De ser algo fácil –y natural– ¡no existirían las desavenencias entre cónyuges por la custodia de sus vástagos!


El ejercicio hacia la sensatez comienza por el respeto al menor. Éste tiene dos progenitores y tiene derecho a informarse libremente de lo que significa uno y lo que significa el otro –sobre todo cuando se trata de dos visiones existenciales diametralmente encontradas. Lo deseable no es que adopte una de las dos visiones sino que ¡cree una nueva! La síntesis seguramente será mejor.


Pero ¿cómo será posible generar esa síntesis mejorada si sólo se entiende aprisionar al vástago como un rehén ideológico más?





viernes, 7 de noviembre de 2008

Es lícito ganar las elecciones con dinero

El dinero sí sirve para ganar elecciones, y no necesiramente es una fórmula indecente o injusta.

La victoria de Barack Obama es el resultado de mucho dinero: US$650 millones o más. ¿Quién dio ese dinero? ¡Tres millones de ciudadanos de los Estados Unidos de América! Tres millones.

Los amigos de Obama fueron tres millones. Por desgracia, los amigos de Fox, fueron menos. Pero fueron eso: amigos. Los tres millones de ciudadanos de los Estados Unidos, ¿acaso no pueden ser llamados “los amigos de Obama”?

US$650 millones son $8,450 millones de los nuestros. Realmente, un montón de dinero. Sin embargo, se puede constatar que los norteamericanos no ven las cosas con números absolutos, sino con números relativos. Ellos no dicen que las campañas políticas son muy costosas, sino que, realmente, son una “muy baja proporción del producto interno bruto”. Esto, desde luego, también lo podríamos decir los mexicanos con respecto al presupuesto del IFE comparado con nuestro PIB. Sí, es muy pequeño, por más alto que nos parezca.

Pero veamos con cuidado y con objetividad cómo es que Obama logra esos 8,450 millones de pesos (en dólares) a partir de entregas, donaciones, de tres millones de ciudadanos que querían verlo en la presidencia —durante la campaña final— y como candidato —durante la precampaña, cuando derrotó a Hillary Clinton.

En los Estados Unidos la ley les permite a los candidatos escoger qué tipo de dinero usarán para sus campañas. Tienen dos alternativas: 1) aceptar el dinero que proviene del fisco, el presupuesto oficial y 2) rechazar el dinero oficial y optar por el de los donativos.
Claro, la ley también establece un límite con respecto a la cantidad máxima que un individuo le puede donar a un candidato. La donación tiene que ser perfectamente identificable. Un auditor debe poder saber de qué persona concreta, real, existente provino qué cantidad y en qué fecha. 
La cantidad debe haber sido dirigida al comité de campaña del partido o a la entidad encargada de recibirlo.

Este mecanismo impide que unos cuantos envíen grandes cantidades, comprometiendo a los candidatos. Esta forma de recibir dinero —mucho de unos cuantos— es la que, en realidad, tampoco a nosotros los mexicanos nos puede gustar. Sucedería que el candidato quedaría “atado de manos”, con grandes compromisos a favor de los que hicieron las aportaciones.

En cambio, el mecanismo de una gran cantidad de personas donando pequeñas cantidades, definitivamente impide la posibilidad de que los donantes ejerzan alguna influencia sobre el político una vez que éste alcance el objetivo. Está claro que la influencia “normal” de una democracia –cartas, mensajes, sugerencias y peticiones por las vías a disposición de todos– quedará siempre abierta.

El donante es casi anónimo. El que dona dinero a un candidato en esta forma es porque desea que ese candidato llegue al objetivo electoral básicamente porque tiene confianza en el candidato.

En México las cosas son exactamente “al revés”. Es al votante al cual se le llega a entregar dinero para que ejerza su voto a favor de tal o cual candidato. Claro, esto es completamente ilegal y deberían elaborarse todos los mecanismos posibles para evitarlo. Y probablemente la forma más adecuada sería promoviendo las donaciones privadas a los candidatos preferidos. Este tipo de promoción —educación cívica, ni más ni menos— provocaría un “shock” cambiante en el potencial elector mexicano. Un movimiento de un extremo —el de esperar que el candidato regale o compre el voto— al extremo de que el ciudadano —de cualquier nivel— aporte unos cuantos pesos a favor del candidato de su preferencia.

Es obvio que no se trata de obligar a aportar centavo alguno. Se trata de promover, desde un principio, la necesidad que tendrá el candidato, de recursos para que otros lo conozcan.

Los que aportan dinero a favor de un candidato es porque ya conocen a ese candidato y creen en él o ella. Entonces donan pequeñas cantidades –de 100 a 2000 pesos– para que el candidato no tenga que crear compromiso con nadie, sino que pueda llegar con el dinero de muchos que creyeron en sus ideales.

¿Es esto imposible en el México de hoy, 2008? Algunos creemos que no. Tres millones de mexicanos, dando un promedio de 200 pesos cada uno a algún candidato de su preferencia, lograrían un ahorro al erario público de 600 millones de pesos. El dinero dado por esos 3 millones de ciudadanos sirve para que el resto de los ciudadanos logre conocer a ese candidato que merece $600 millones provenientes de donaciones. Ésa es la fortaleza inicial de un liderazgo: lograr un compromiso con una gran cantidad de personas, cada una de las cuales apostó, con unos cuantos pesos, a una persona en la cual se cree, a la cual se le tiene confianza.

Ésa sería una muy buena tarea para el IFE: provocar en el elector mexicano un desplazamiento de receptor a donador, de un pasivo ser humano que vende su voto, a un activo ciudadano que confía en un candidato y se compromete con él donándole una pequeña cantidad para la campaña electoral.

Todo es posible: sólo es cuestión de voluntad de acción.

Mouriño: hoy muerto, ayer difamado con crueldad e injusticia

Aquí lo tenía todo, no necesitaba salir a buscar fortuna a ningún lado. Si lo hizo, fue por pasión y amor a México.

Ésas fueron las palabras usadas en la homilía pronunicada por el obispo de Campeche durante la misma en que los restos de Juan Camilo Mouriño fueron colocados en una cripta, junto con los restos de su amigo y colaborador, que también falleció en el suceso.

Y su entrañable amigo, el presidente constitucional mexicano Felipe Calderón Hinojosa, demostró en cada palabra de cada corto discurso que ha pronunciado desde el dramático acontecimiento, la total confianza que tenía en su más cercano colaborador en la tarea monumental que tiene presidiendo el ejecutivo mexicano.

Se pueden disimular muchos sentimientos y muchas opiniones personales acerca de la gente, pero es muy difícil esconder el pesar, el dolor genuino causado por la muerte inesperada —injusta en términos universales— de un ser con la empatía regular para entender lo que hay que hacer sin necesidad de pronunciar palabras.

En enero de 2008 el nombramiento de Mouriño como secretario de gobernación provocó airadas actitudes de quienes por todos los medios buscan la manera de desligitimar el único gobierno legítimo, constitucional, legal y aceptado por los mexicanos que existe hoy.

Los buscadores de pretextos para lanzar diatribas mediáticas —todas ellas vestidas con el traje de la difamación y la calumnia— rebuscaron la manera de encontrarle a Mouriño una acción ilegal. No pudieron. No hubo ninguna acción ilegal en ningún momento de la vida pública de un activista campechano que sólo buscó la manera de hacer que las verdades continúen siendo verdades y las mentiras se traten como tales —todo lo contrario de la tradición mexicana, por desgracia.

Detrás de la calumnia y el intento de difamación hacia Mouriño, está escondida la rabia que guardan quienes detestan la diferencia real existente entre los tradicionales del sistema político mexicano y los “nuevos” —grupo al cual perteneció Mouriño en toda su trayectoria activista política.

Los que vivimos a fondo el México de la simulación —del llanto hipócrita del impresor de bilimbiques que pretende echarles la culpa a los demás países o a los que usaron las herramientas que él mismo puso a disposición errónea e irresponsablemente para “simular” un poco más—, el México de la mentira institucionalizada, el México de los cuentos oficiales que sustituían los hechos históricos que debieron haberles sido enseñados a los educandos, el México del patrioterismo falso e hipócrita, el México del autoritarismo y la imposición electoral, en fin, el México que esperamos ya haya quedado atrás, no podemos dejar de darles el aprecio justo a los activistas políticos como el ausente Mouriño, que interpretaron —como muchos de nosotros, mexicanos inconformes con la simulación— la emergencia en que se encontraba el país para moverse de la inercia de la simulación hacia la dinámica de un verdadero cambio.

El penúltimo representante del grupo de la simulación declaró, en el 2000, que “México había escogido un cambio de sistema” —no sólo un cambio de partido. A Salinas se le puede acusar de muchas cosas, pero no de idiota. Esa afirmación supo interpretar exactamente lo que había sucedido.

El bonachón —me gusta llamarle “el cristero de Guanajuato”— creyó que haciendo bien él su tarea, el resto de los mexicanos, en forma automática, también la harían. ¿Por qué permitió que le gritaran, en forma por demás grosera e irrespetuosa “Juárez, Juárez, Juárez” precisamente al momento de pronunciar su discurso de toma de posesión en el auditorio nacional? Pero jamás guardó su pasión por cambiar a México y fue un político “imprudente”, presa fácil de los sabuezos mediáticos al servicio del sistema de la simulación –que por desgracia, aún no acaba de morir.

No se les olvide, difamadores, lo dicho  de Mouriño por el obispo de Campeche  al guardar sus restos: “Aquí lo tenía todo; no necesitaba salir a buscar nada. Salió por pasión y amor a México.