viernes, 31 de octubre de 2008

Educación en la certeza y no en la creencia

El presidente de México, Felipe Calderón, en una de sus intervenciones en El Salvador se dirigió a la asamblea –retirando la vista de la lectura del documento guía– y les preguntó a los presentes en qué podrían creer hoy los jóvenes.

Textualmente Calderón dijo:

“...hoy los jóvenes no creen en nada.

No creen en los políticos, y estoy seguro que no decepciono aquí a nadie, todos lo sabemos.

No creen ahora en la economía, porque la economía ha fracasado; no creen en el capitalismo, que está mostrando sus terribles deficiencias; y no creen tampoco en el socialismo, que murió hace rato, antes de que ellos nacieran.

No creen y si no creen, y se puede debatir acerca de estos sistemas; en lo menos que creen es en las ideologías. Probablemente no creen muchos en Dios, porque van hacia un siglo de un gran agnosticismo.

¿Cómo puede construirse un futuro sin creer en algo?”

“Es necesario creer en algo”. Ahí está la frase, la sentencia, la declaración. Creer es sinónimo de tener confianza, saber es sinónimo de tener certeza. Las personas creen en aquello en lo que confían. Las personas saben aquello que conocen con certeza.

¿Ha sido válido basar la percepción imaginativa de los seres humanos en las creencias en vez de intentar que la sociedad le provea a sus miembros de certezas?

Por desgracia hoy estamos viviendo el siglo por excelencia de las creencias, cuando toda la tecnología informativa habría de haber ya establecido las condiciones suficientes para basarnos en las certezas. ¿Por qué esta seria deficiencia?

En algún momento en la era de los hippies surgió con fuerza la idea del mundo subjetivo como el único existente. Hoy, aprovechando la real influencia –medible– que tiene la mente humana sobre las partículas atómicas que forman toda la materia, se especula con gran fuerza el asunto del “mundo subjetivo”. Te dicen: “tú puedes crear tu mundo con sólo desearlo”. ¿De verdad es así?

La lógica más ortodoxa nos dicta que los hechos provocados por los seres humanos individualmente considerados llevan un camino que parte de una idea. Sin embargo, ninguna idea parte de la nada: todas las ideas tienen como punto de partida el mundo material observable, o la concepción de una mente de ese mundo material. Pero es válido declarar que una innovación efectivamente comienza con una concepción imaginativa de la combinación de los elementos observables en el mundo material o en la prolongación lógica de éste.

La siguiente etapa necesariamente requiere de acción material para combinar los elementos en lo que finalmente podrá llegar a ser esa innovación. Sólo podrá funcionar o ser real en la medida en que se ajuste al cumplimiento de las leyes o principios al alcance de los actores en la comprensión del universo. Es posible que en el camino esos actores descubran “leyes” que ahí estaban, escondidas, detrás de las que antes ya eran comprensibles.

Al final del esfuerzo puede surgir la innovación o no. Nada garantiza que surja. Cuando surge la innovación –cuando hay éxito en el camino que se recorre– entonces se afirma con bomba y platillo que “se ha comprobado que aquello en lo que uno se concentra y cree se hará realidad”.

Todos los días, miles de mentes en todo el planeta se concentran en lograr algo. Un pequeño porcentaje lo logra –con grandes variaciones con respecto a su concepción original– y un gran porcentaje –mucho mayor– no lo logra. La teoría del “mundo subjetivo”, sin embargo, se basa en el porcentaje menos significativo y no en el estadísticamente esperable. La explicación siempre es circular: “no logras tu objetivo porque no te concentras en él o no crees en él lo suficiente”.

El realismo dictaría otra manera de presentar las cosas, más acorde con lo estadísticamente esperable.

“Concéntrate en lograr los objetivos que te atraigan en la vida. Puede ser que los alcances, puede ser que no. Estadísticamente es menos probable que lo logres, pero es seguro que no lograrás algo a menos que lo intentes”.

La sentencia no tiene garantía alguna, porque el universo, la vida, no tienen garantía. Nos desarrollamos con una falsa filosofía de la “garantía”. Así como los fabricantes de productos comerciales deben ofrecer una “garantía” de que sus productos servirán para lo que dicen, estamos tratando de diseñar un sistema garantizado a los jóvenes que aparecen en la vida. Es una gran mentira que sólo contribuye a la pérdida de confianza en el valor real del trabajo, de la acción, de la búsqueda.

El mensaje a los jóvenes debe ser de búsqueda de certeza: comprender cabalmente cualquier cosa a la que se enfrente o en la que se le pida que “crea”. La educación en la certeza es algo que obligatoriamente comenzará en el seno del hogar, prácticamente desde la cuna. Deberá continuar implacablemente en la escuela. Esta forma de educación exige que padres y maestros se olviden de las sentencias que obligan al educando a aceptar lo que se les dice sólo porque se origina en un adulto. La educación se transfomará en un proceso de generación de certeza. Hoy no lo es, y ahí tenemos, a la vista, las consecuencias.

Los yucatecos: obligados a erradicar el tumor de la difamación

Las fuerzas de la mentira difamante atacan sin cesar. Transformar verdades en mentiras y mentiras en verdades es su única razón de ser, de existir. Es el juego de "hacer creer" para sostener el sistema de la simulación. Es un sistema que requiere que las cosas "parezcan" lo que no son para que la gente "crea" lo que no es.

El apoyo irrestricto del modelo socialista es una clara consecuencia de una imposibilidad sistémica en dominar con maestría el sistema del azar. El capitalismo no es una promesa de bienestar generalizado, sino un camino que genera inventiva, innovación, productividad, competitividad y evolución tecnológica en un ambiente de total incertidumbre. La generalización del bienestar depende de la evolución tecnológica, y ésta, a su vez, depende de la competitividad. Sin retos no hay cambio. Con retos no hay igualitarismo, sino todo lo contrario.

El impreso difamador disemina sugerencias constantes contrarias a la competitividad. Así, acaricia paternalmente a las mayorías propias de la especie humana –normalmente con menores niveles de disfrute económico– engañándolas con el argumento de que su condición es causa de la condición de la minoría "privilegiada". La mentira sólo dicotomiza las actitudes y genera frustración que no se traduce en espíritu de competencia y sí en agresividad nihilista –que en actos destructivos podría regresar todo al comienzo de cero tecnológico.

¿Qué ser humano con un mínimo de entendimiento rechazaría la promesa de una sociedad en la que recibirá todo lo que necesita y sólo dará lo que esté capacitado para aportar?

Lo que se esconde es la realidad que tendría que existir detrás de tal condición. Peor aún, se esconde el camino necesario para enfilar la evolución social y tecnológica a esa meta, punto que marcaría un nuevo paradigma político para la humanidad.

Insinuar la promesa es, por lo tanto, engañar.

Y el órgano impreso difamador engaña porque denigra, rebaja, calumnia y difama los esfuerzos sociales que correctamente apuntan a una evolución económica y tecnológica que eventualmente lograría la gran promesa.

Estamos todos en un vagón de evolución tecnológica, sobre una vía que requiere condiciones generadoras de innovación. No se innova sin retos, sin búsqueda, sin pasión. No se forma la actitud de reto o pasión si no surge la competencia de la que se desprende la creatividad. El impreso difamador vende la ideología que cancela la creatividad: ¿no la entiende o intencionalmente desea el mal del ser humano?

Para el equipo humano que mueve el impreso difamador, todos somos inconfiables, como ellos se saben a sí mismos. Su actitud diaria sólo oscurece más densamente el panorama social que requiere de absoluta nitidez para que entre todos se pueda confiar en el actuar.

Se han librado batallas en las que se ha derramado sangre y han muerto sin necesidad millones. En los actos de guerra los bandos se consideraron intolerables mutuamente y optaron por intentar erradicar al "otro".

Para evitar la sangre se introduce la democracia. Ésta exige información de calidad. En la medida en que los datos reales son parte del criterio de cada individuo, se hace menor la visión diferente y es más fácil encontrar opciones compatibles. Pero si los datos se falsean intencionalmente ¡es imposible alcanzar el éxito democrático!

Como del cuerpo humano erradicará el cáncer para que pueda vivir, de la sociedad humana se erradicarán los órganos difamadores, mentirosos y calumniadores: los que impiden el flujo saludable de la información apegada a la realidad. Como el cáncer invade al cuerpo humano hasta llegar a un punto en que sólo la muerte puede sobrevenir, la sociedad humana se librará de los tumores difamadores antes de que sólo el derramamiento de sangre resuelva la confusión.

La sociedad yucateca, por decencia, tiene que ponerle un hasta aquí al diario Por Esto! –el órgano impreso especializado en la difamación, calumnia, mentira y extorsión más vergonzoso de la historia periodística de la nación mexicana.