domingo, 10 de febrero de 2008

Los torcidos del mundo afectan la calidad de vida de todos

Enciendes esa PC, portátil o en el escritorio, y esperas. Esperas a que el conjunto de programas se active para que puedas comenzar tu trabajo. Cada día las computadoras tienen componentes más y más potentes, una gigantesca cantidad de memoria de altísima velocidad. Cada día son, en pocas palabras, más poderosas. ¿Por qué entonces cada día tardan más y más en ayudarle a uno a hacer las tareas más sencillas? Si abres tu navegador, tienes que esperar decenas de segundos hasta que brota la pantalla que te permitirá abrir esa página que requieres. Y si te has descuidado, antes de que te permita llegar a esa página, te habrá mostrado una serie de gráficas con animación que no te interesaban pero que, de pronto, captan tu atención y olvidas lo que ibas a hacer.

Y cuando intentas hacer lo que deberías o lo que ahora te ha distraido, notas que tienes que esperar, esperar y esperar más. No esperas a que las páginas sean servidas a través de Internet. No, eso es cada día más veloz. Esperas a que tu computadora tenga permiso de los vigilantes de tu seguridad: los cuidadores de virus. Aquí tenemos, todos, nuestro primer contacto con las mentes torcidas que ocupan nuestro planeta y compiten por el aire, la comida, los energéticos, el espacio, y se roban nuestro tiempo.

Desgraciadamente uno tiene que llegar al momento de preguntarse: ¿qué será peor? ¿dejar que los virus hagan de las suyas o esperar a que los anti virus terminen de "protegernos"? Ah, pero resulta que los virus también son programas, como los que sí son nuestros "amigos". Por lo tanto, conforme el tiempo pasa y los virus aumentan es más y más difícil encontrar qué es un virus y qué es un programa que sí queremos nosotros, los usuarios de la PC, usar. Entonces nos enfrentamos a nuestros guardianes y protectores y tenemos ganas de decirles: "no exageren, esos sí son programas que deseo; por favor, déjenlos en paz; son mis amigos". Pero los guardianes del "orden" de nuestras computadoras insisten en que tienen que "resguardarnos" del Firefox, mientras que dejan al Microsoft IE a sus anchas. Luego, al tratar de corregir la injusticia, se les pasa la mano y suceden las cosas al revés.

Un programa anti-virus es sólo eso, un programa. Y un programa es un conjunto de acciones y de decisiones. Las acciones se toman después de tomar las decisiones. Las decisiones se toman analizando los elementos que el programador supuso, creyó, se imaginó que se encontrarían, pero no existe ninguna garantía de que el programador haya podido considerar todas las posibles alternativas. Por lo tanto, siempre hay un margen de riesgo: riesgo de no borrar lo que se debería y riesgo de borrar lo que no se debería. En ambos casos, las consecuencias son desastrosas. Y esto nos lleva a nuestra pregunta original: ¿abandonamos el anti-virus o nos sujetamos a sus instrucciones?

Exactamente lo mismo está pasando en el estado de Yucatán con el nuevo gobierno 2007-2012. Lo preside la mujer de nombre Ivonne Ortega Pacheco, sobrina carnal de Víctor Cervera Pacheco. Están en el gabinete múltiples personalidades que antes etuvieron en el gobierno del tío Víctor. Entre estas personas se encuentra el jefe de la policía, un hombre de apellido Saidén.

El gobierno 2001-2007, dirigido por Patricio Patrón Laviada, tuvo como jefe de la policía a Javier Medina. Las patrullas adaban por todos lados, en la noche y en el día, pero sólo detenían a los guiadores que demostraban formas inesperadas de conducir y sobre todo si esas formas se daban a altas horas de la noche o a las horas de la madrugada. Claro está, haciendo uso del derecho que tiene la policía de prevenir, se montaban retenes nocturnos, para tratar de localizar a los conductores que se encontraran con niveles de alcohol elevado. En estos retenes, si se sospechaba, por el aliento, intoxicación, se le sujetaba al guiador al alcoholímetro. Si éste mostraba niveles aceptables, todos seguían su camino. Si éste mostraba niveles inaceptables, entonces el guiador era multado, el carro llevado a los separos y la persona detenida por 36 horas, con una multa relativamente elevada.

En alguna ocasión, una patrulla, a horas de sospecha, detuvo a un hermano del gobernador. Éste le dijo al policía que "no sabía con quién se estaba metiendo". Le dijo que él era un hermano del gobernador y que llamara al gobernador para que viera cómo le iban a ordenar que lo dejaran en paz. El patrullero hizo la llamada a su jefe, explicándole de quién se trataba. Nadie habló al gobernador, porque todos tenían con toda claridad los valores entendidos. La orden del jefe al patrullero fue tajante: "haga usted se trabajo". El hermano del gobernador Patricio Patrón Laviada (de nombre Ricardo) fue detenido como cualquier otro ciudadano, pagó la multa y al terminar el número de horas estipulado, fue dejado en libertad.

El hijo del jefe de la policía Saidén, manejando evidentemente con poco control de sí mismo (no me consta si se trató de alcohol o alguna otra sustancia alterante del sistema nervioso), mató a dos personas, un hermano y una hermana, que estaban cruzando una calle a alguna hora de la noche. El vehículo del joven Saidén destruyó el cuerpo de la hermana, dejando diferentes partes en diferentes puntos. No se detuvo sino hasta que le fue físicamente continuar. Jamás pisó los separos de detención. Ha de haberse hecho un buen arreglo económico dado que los medios informativos de Yucatán no volvieron a tocar el punto.

Las patrullas policíacas han sido renovadas. Las de color blanco fueron sustituidas por otras de color negro. Son vehículos equipados con los elementos más modernos para provocar atemorización en los potenciales delincuentes. Cuentan con unas luces azules y rojas que están constantemente en un estado de parpadeo de alta velocidad. Muchas personas con las que he tenido la oportunidad de hablar me han comunicado que "se sienten con miedo" cuando se les aproxima alguna de estas patrullas.

El día 11 de abril tuvimos la oportunidad de descubrir cuál es el criterio para detener. ¿Recuerdan los retenes y el alcoholímetro del Comandante Javier Medina descrito arriba? Eso, desde luego, ya no existe. Ahora los patrulleros pueden decidir detener un vehículo aunque éste no se encuentre circulando con alguna apariencia de falta de control. Claro, cuando hacen la detención, de todas maneras, le dicen al conductor que estaba zigzagueando o que se pasó un semáforo en rojo o lo que ellos deseen decir.

El sentimiendo del conductor que por alguna razón esté conduciendo a alguna hora de la madrugada es legítimamente el de una presa con su depredador vestido de patrulla negra de la policia estatal de Yucatán 2007-2012. Cuando el depredador aparece, la presa sólo puede replegarse y dejarse atrapar: su destino ya está marcado.

Son las 3:30 AM del día 11 de abril. Un conductor, que viene con un acompañante, acaban de dejar a otra persona a unos 3 kilómetros y ahora están llegando a la zona en la que viven. Están ya a menos de 800 metros de la casa del conductor y menos de 400 metros de la casa del acompañante. El conductor nota que la patrulla negra ya lo viene siguiendo. Se pega a su derecha para dejar pasar a la patrulla, en caso de que ésa se la intención. La patrulla se nivela y viene la orden: "deténgase".

El "patrullero" se baja y se desarrolla el diálogo:


--Dígame, oficial, ¿por qué me detiene? ¿Me falta alguna luz?
--Venías zigzagueando.
--¿De veras? No creo... pero, de todas maneras, si le puedo ser útil en
algo más...
--Sopla...


(Sopla).

--Bueno, no tienes problema.

En ese momento se acerca una segunda patrulla negra como la oscuridad de la noche. Se aproxima con velocidad y, al mismo tiempo, un poco más atrás, viene otra, una tercera patrulla.

--¿Algún problema? (Pregunta el patrullero de la segunda unidad)


--No, nada, todo bien. (Responde el de la primera unidad)

Se detiene la tercera unidad.

--A ver, tráeme los papeles. (No puede leer.) Léeme los apellidos.
--(Lee en voz alta los apellidos del propietario del vehículo)
--Llévatelo también... al corralón y a los separos.
Reacciona el conductor y solicita:

--Oigan, ¿tienen alcoholímetros? Por favor, ¡háganme la prueba y ya déjenme en paz!
Contesta el "dador de órdenes", quien arribó al lugar de último, en la tercera patrulla, usando un tono que no calificaré aquí, sino que dejaré que usted, lector, lo interprete como desee:

--¿Prueba? Si usted desea que se le hagan pruebas, váyase al hospital o al laboratorio. No tenemos por qué hacerle pruebas. Ése es su problema.

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