martes, 22 de agosto de 2006

La mala y falsa información

Cada día oímos, vemos y leemos lo que los comunicadores masivos creen que debemos oír, ver y leer.

La creencia puede basarse en: 1) convicción legítima de que eso le conviene al público (a los ciudadanos) o 2) instrucción expresa de sus entidades contratadoras de que así deben de decirse las cosas y cuáles son específicamente las cosas que se dirán.

Los que escriben tienden a tener teorías más fantasiosas y menos factibles de ser probadas. Los que hablan en público, tanto en la radio como en la TV, están un tanto más sujetos a escrutinio prácticamente instantáneo de los involucrados en lo que aluden.

Los que escriben están más cercanos a generar lo que podemos llamar "rumores infundados", tanto porque lo dicen en "voz baja" (no tienen los recursos para que se diga en voz alta o publican en medios de limitado alcance) o porque lo que están diciendo por escrito fue algo que los medios mayores se negaron a transmitir.

Un ejemplo claro el día de hoy es lo que está sucediendo con la transformación que han sufrido los hechos relacionados con la elección del día 2 de julio del 2006, en la que, por lo visto, no todos los que participaron veían al país en la misma forma. Unos veían al país como por lo menos habiendo logrado un estadio de desarrollo en metodología electoral totalmente confiable a nivel mundial; otros tenían sus dudas. O bien, ambos tenían la misma visión, pero como resultado de los números finales, ahora no creen en la institución.

El evento electoral del 2 de julio del 2006 en México no fue asunto exclusivo de los mexicanos. Acudieron a este evento observadores oficiales de varias naciones del mundo. Y los que acudieron y observaron, han dado ya su veredicto y éste es en el sentido de que fue un evento válido; un evento cuyos resultados finales reflejan el objetivo que se perseguía: el conocimiento de quién tiene la mayoría (o la minoría mayor), que es lo que las leyes mexicanas buscan para determinar quién debe de ocupar el puesto de Presidente de la República. El resultado favoreció a quien ya ha sido sancionado por el más alto tribunal del tema en la nación, tribunal que actuó a la vista de todo mundo, dejando entrever qué buscaba en cada acción, y, finalmente, encontrando resultados que lo obligaban legalmente a aceptar lo que los números decían.

La facción que quedó en segundo lugar no ha aceptado los resultados y se ha concentrado en venderle a sus seguidores una muy peligrosa "idea": la de que todo fue una farsa para que no ganen los que apoyan a "los más pobres". Una mentira repetida con suficiente frecuencia comienza a ser creída por quien la dice y por quienes tienen la desgracia de oírla. Porque las cosas no son como las quieren transferir a la mente del mexicano.

Es decir, la facción que ganó no es ese "demonio" ligado a fuerzas inconfesables, a cuyo representante le están haciendo las cosas difíciles minuto a minuto. Se convierten en esta forma en un bando irreconciliable, un bando que rompe con el otro y genera fantasías para justificar su ruptura. Es el caldo de cultivo de una posible conflagración nacional, de una verdadera guerra civil. Cuando se usa la expresión que envía las instituciones "al diablo", se está generando una ruptura total con un sistema con el cual se jugó, aceptando las reglas, pero rechazándolas cuando el resultado de aplicarlas no le favoreció. Sólo la inmadurez de una porción de la población de México puede justificar en muy escasa y lamentable medida, esa actitud de confusión.

Los debates espontáneos entre mexicanos que ahora están dicotomizados en sus convicciones sobre la realidad, demuestran por todos lados que los que tienen la convicción del fraude, ya no ceden. Los que creen en el país, tampoco. Estas discusiones privadas o semi públicas son la antesala de un rompimiento radical, de una división que genera las condiciones perfectas para una guerra civil.

A los que vieron cómo México transitó con un gran esfuerzo por el camino que lo fue colocando donde hoy se encuentra, a los que tienen memoria histórica y saben a dónde no debe de regresar el país, les genera rabia y frustración el ver cómo los medios masivos construyeron un monstruo que engañó, haciendo creer que estaba dispuesto a jugar con las reglas, pero luego manifestándose incapaz de aceptar un resultado que no le fuera favorable.

Hoy, 26 de noviembre, el asunto no se ha cerrado. El día 1 de diciembre próximo viviremos un momento difícil. Deseamos con todas nuestras fuerzas que no sea el principio de esa ruptura bélica interna que hará retroceder al país varias décadas. ¿Eso es mejor con tal de continuar el berrinche?